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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 25 de enero de  2021
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“Amaba a la noche y a la gente”

“Amaba a la noche y a la gente”

Se cumplen hoy 45 años de la muerte del poeta y músico Cátulo Castillo, autor de algunos de los mejores tangos de la historia. “Dicen que murió de tristeza”, comentó el poeta Oscar García, “y no hay duda de que así fue. Los dramas ajenos lo penetraban hasta el hueso, y no hay corazón que pueda resistir mucho tiempo ese castigo”. Su obra es vastísima: tiene más de trescientos títulos registrados a su nombre en SADAIC.

Había nacido el 6 de agosto de 1905; era una tarde lluviosa y fría, según contó el propio poeta. Es muy conocido el hecho de que su padre, el poeta y dramaturgo José González Castillo,  entusiasta anarquista, quería que su primogénito se llamara Descanso Dominical y, como en el Registro Civil no se lo permitieron, condescendió a ponerle los nombres de dos poetas romanos: fue así como el niño se llamó Ovidio Cátulo.

Un vecino italiano del barrio de Boedo, Juan Cianciarullo, le dio las primeras lecciones de violín y piano: “Desde los diez años comencé a componer”, recordó Cátulo, quien refirió que “también hacía poesía, llevado por la fervorosa admiración que sentía por Rubén Darío”, y que de su padre aprendió a “medir los versos, las formas, los acentos interiores”. Por otra parte, era aficionado al boxeo y llegó a ser campeón argentino amateur de peso liviano.

A los diecisiete años compuso la música de su primer tango y le pidió a su padre que le pusiera letra: así surgió Organito de la tarde, la primera de las colaboraciones de padre e hijo; Gardel lo grabó en 1925. 

Siguieron otras tan importantes como Silbando, cuya música fue escrita en colaboración con Sebastián Piana, y que Gardel grabó también en ese año; Aquella cantina de la ribera, grabado por Gardel al año siguiente; El aguacero y Papel picado, entre otros.

En 1925 Gardel grabó uno de los primeros tangos con letra de Cátulo, a quien también pertenece la música: se trata de  Caminito del taller. La pieza aborda el drama de las costureras a destajo, actividad que constituía una de las pocas oportunidades laborales que la época ofrecía a las mujeres, y la que reunió al mayor número de ellas.

Una joven trabajadora, enferma de tuberculosis, camina hacia el taller en una mañana helada. La situación que plantea Cátulo es melodramática; pero logra resolverla dignamente, sin truculencia. En el primero de los versos que transcribimos, ya asoma el gran poeta: (“Caminito al conchabo, caminito a la muerte / bajo el fardo de ropa que llevas a coser / quién sabe si otro día como este podré verte / pobre costurerita, camino del taller”).

Su universo poético

Oscar García escribió que “el universo poético de Cátulo Castillo tenía mucho de figón, de fondín, de boliche, donde de vez en cuando le gustaba perderse y así saborear en soledad y apilado a un mostrador un sándwich de chorizo y un buen vaso de vino tinto”. Y prosiguió: “Tal vez en la penumbra de esos viejos estaños de extramuros buscara a los personajes de sus tangos, pues Cátulo amaba a la noche y a la gente que la habitaba”.

Ese escenario, donde se desarrollaron sus dramas “de alcohol y de miedo”, había sido prefigurado en las primeras estrofas del nombrado Aquella cantina de la ribera, y también en La violeta, con música de Cátulo y letra de Nicolás Olivari, cuyo protagonista, el tano Domingo Polenta, sentado a la mesa de una sucia cantina, piensa en el drama de su inmigración.

Por su parte, Cátulo aludió al tema en el tango Tinta roja (que tiene música de Sebastián Piana y fue registrado en SADAIC en 1941), donde evoca a “aquel fondín / donde lloraba el tano / su rubio amor lejano / que mojaba con bon vin”. 

Domani, que lleva música de Carlos Viván, encabeza cronológicamente el ciclo, pues fue registrado en 1951, El escenario es el mismo que en los dos tangos precursores (“El farol de una cantina, / la neblina del Riachuelo”) y al protagonista, llamado respetuosamente don Giovanni, se lo presenta en actitud muy similar a la de Domingo Polenta (“Y en la mesa, donde pesa / su tristeza sin consuelo, / don Giovanni está llorando / con la voz del acordeón”).

Llora una desdicha aun mayor que el fracaso y el desarraigo: es la que supo describir descarnadamente Carlos de la Púa en Los bueyes. Tan amarga es que se niega a aceptarla “y repite que mañana / volverá su ragazzina, / mariposa mentirosa / remontada sobre el mar”. Apela entonces al socorrido recurso del alcohol, pero no en busca de olvido sino de engaño: “Y el pobre don Giovanni / se repite que domani / volverá la niña buena / y en la copa que envenena / suena siempre vana / -¡mañana!- / la mentira del alcohol”.

Como un aviso de la muerte, llega a los oídos del viejo una doliente melodía que es memoria del mar, descripta en versos que no habría desdeñado firmar Raúl González Tuñón: “Es la voz de los veleros / que llevaron las neblinas, / son los viejos puertos muertos / que están mucho más allá”.

A propósito del tango Una canción, escrito en colaboración con Aníbal Troilo y estrenado el 23 de abril de 1953, transcribimos el comentario escrito por Oscar García y publicado en la edición gráfica de este medio correspondiente a junio de 2001.

“Cátulo nos presenta un doble drama: son dos los personajes heridos, pero además interviene el fatalismo que los envuelve con su espesa niebla de bodegón (‘La copa del alcohol hasta el final / y en el final tu niebla, bodegón. / Monótono y fatal / me envuelve el acordeón / con un vapor de tango que hace mal’).

No sabemos quién cayó primero y arrastró al otro: lo cierto es que solo les queda refugiarse en la locura del alcohol y de la propia pasión (‘y en el frío de esta mesa / vos y yo, los dos en curda’) pues para ellos no hay piedad ni esperanza (‘La dura desventura de los dos / nos lleva al mismo rumbo, siempre igual’).

Acaso no sea casual que Cátulo mencione al ‘vendaval’ que ‘silba la tortura del final’. Porque los dos están aprisionados en el segundo círculo del infierno, donde Dante vio a los amantes malditos vagando incesantemente, impelidos por el viento, ‘la borrasca infernal que no reposa’. Ellos saben que están sumidos en el abismo pero saben también que están juntos”.

La cantina, otro gran tango escrito en colaboración con Troilo, fue registrado en 1954. El texto se inicia con versos que asociamos con ciertos paisajes portuarios de Fortunato Lacámera: “Ha plateado la luna el Riachuelo / y hay un barco que vuelve del mar / con un dulce pedazo de cielo, / con un viejo puñado de sal”.

Estas imágenes traen al protagonista un recuerdo que a su vez desencadena la historia de la segunda parte, contada a través de una serie de metáforas: una historia de amor y de abandono, que termina, como tantas otras, con un beso y una lágrima. Se trata también de una historia de generosidad, pues cuando ella se siente  oprimida por la mano que la guarece (como el puerto a los barcos), él no duda en abrir los dedos para dejarla ir. Es así como, a diferencia del modelo clásico de los relatos portuarios de partir y quedarse, es la mujer quien se hace a la mar y el hombre quien contempla desde la costa la estela del barco que se la lleva. (“La cantina / que es un poco de la vida / donde estabas escondida / tras el hueco de mi mano. / De mi mano / que te llama, silenciosa, / mariposa que al volar / me dejó sobre la boca, sí, / me dejó sobre la boca / su salado gusto a mar”.

Los amantes malditos

Los amantes malditos reaparecen en Amor en remolino (con música de Héctor Stamponi, registrado en 1963). Ya desde el título, el tango remite al torbellino del segundo círculo del infierno. “Nos lleva el remolino, / tormenta sin destino”, dice el protagonista al principio de la primera bis, como si asumiera el castigo imaginado por Dante para quienes sucumben a la seducción de la sensualidad.

Pero asumir un castigo significa admitir una culpa, unida en este caso a la pasión amorosa, que pocas veces en el género ha sido expresada tan nítida y vívidamente. Los amantes no proclaman su inocencia ni son indulgentes consigo mismos: reconocen que vienen de pasados solitarios e inciertos (“Nosotros, la ansiedad / de dos en soledad, / de dos con un pasado / borracho de pecado”),

Fustigan a su amor, pero no reniegan de él, y confían en el perdón divino, pues de los hombres no pueden esperar ni siquiera comprensión (”Y pretender que Dios / tan sólo Dios /  nos llene de perdón / dejándonos querer / con un amor ladrón / que nadie ha de entender”).

El lenguaje es bastante directo: en este tango, el autor no incurre en preciosismos ni se prodiga en figuras retóricas. Antes bien, le basta una cuarteta al final de la primera bis para describir la lucha que se libra en el corazón del protagonista: “Ya sé que es un delito / la dicha que se roba. / Lo sé, mas necesito / tenerte en esta alcoba”.

A la culpa puede seguir el perdón. El tango titulado, precisamente, Perdóname, también con música (notable) de Stamponi, fue registrado en 1954.

La primera parte está consagrada al ruego del protagonista a la mujer que ya no está a su lado: “Perdóname / si por quererte fui capaz de odiar / si fui capaz de renegar mi fe, / si fui capaz de todo, todo”. Si bien en estas cuestiones la sensatez puede parecer egoísmo y la imprudencia abnegación, también es cierto que nada bueno puede esperarse de un amor que exige o consiente semejantes renunciamientos. ¿Por qué, entonces, el que se atrevió a amar sin reticencias siente que debe cargar con toda la responsabilidad y la culpa? ¿A qué viene esta paradoja?

En la segunda conocemos la anécdota, que ya fue contada, con variantes, en otros tangos, incluso en uno del propio autor, Anoche, con música de Armando Pontier y compuesto en 1952. (“Volver / volverte a hallar / al paso de otro ser / vestida de oro y raso. / Pensar, / pensar que ayer / yo preferí matar / que verte en otros brazos”). ¿Matar? ¿Qué pasó? Los recuerdos son interrumpidos y apartados por una metáfora que revela la única certeza que conserva ese hombre: “Vamos, / total qué importa, / la muerte corta / el hilo de cristal”.

En la primera bis, vuelve a exhortar a la mujer a que lo perdone, y finalmente se resuelve la paradoja: “Perdóname / si donde estás te llega más mi voz / si comprendes que entre los dos / es Dios / el que no quiere perdonarte”. Al igual que el protagonista de Battistella en Desdén y el de Discepolo en Sin palabras, el de este tango termina atribuyendo a Dios su propio rencor y resentimiento.

Entre otros grandes tangos de Cátulo Castillo, podemos nombrar a María, Patio mío, La última curda, A Homero y El último farol, todos ellos con música de Troilo; Aquí nomás, con música de Stamponi; Dinero, dinero y Malva, ambos con música de Enrique Delfino; Para qué te quiero tanto, con música de Juan Larenza, y Una vez, con música de Osvaldo Pugliese, por no citar más que algunos.

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