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 16 de enero de  2018
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Adolfo Alsina y el problema del desierto

Adolfo Alsina y el problema del desierto

Hoy se cumplen 140 años del fallecimiento de Adolfo Alsina, jurisconsulto y político argentino cuyo nombre ha quedado asociado con el problema y la conquista del desierto.

Dice Miguel Ángel de Marco: “Adolfo Alsina llenó con su figura imponente de caudillo toda una época de nuestra historia. Trascendió el ámbito de la Buenos Aires bravía y combativa de los días de la Organización Nacional para convertirse en el símbolo de los que buscaban alternativas nuevas dentro del intrincado proceso político que comenzó tras la batalla de Pavón (17 de septiembre de 1861), a la que marchó como coronel en jefe de una brigada de milicias. Contaba con partidarios capaces de dar la vida por él en rudos entreveros a daga y bala, y también con amigos en los que se conjugaban la admiración personal y las coincidencias sobre el modo de conducir la República”.

Brevemente señalemos, antes de introducirnos en el tema que proponemos desde el título como eje de este aniversario, que Adolfo Alsina fue un miembro del partido liberal que se reconstituye en Buenos Aires después de la batalla de Caseros en 1852. Partícipe activo de la revolución de septiembre de 1852, que trajo aparejada la separación de Buenos Aires del resto de las provincias de la Confederación Argentina, su organización como Estado segregado y la división del partido liberal en liberales nacionalistas, que aspiraban a nacionalizar la revolución de septiembre, y liberales autonomistas, defensores a ultranza de los intereses autonómicos de Buenos Aires. Los primeros, encabezados por Bartolomé Mitre, estaban más vinculados a la burguesía comercial, y los segundos, a la burguesía terrateniente.

Tras la batalla de Pavón en 1861, se torna real y efectiva la unión entre Buenos Aires y el resto de las provincias, unión que se había sellado legalmente en 1859, después de la batalla de Cepeda y el Pacto de San José de Flores o Pacto de Unidad Nacional. El primer presidente de la nación unificada fue Bartolomé Mitre, quien, al concluir su primer período presidencial, quiso imponer la candidatura a presidente de su ministro Rufino de Elizalde, pero fracasó en el intento al surgir como fórmula de transacción la candidatura de Domingo Faustino Sarmiento, acompañado por Adolfo Alsina como candidato a vicepresidente. En la elección que consagró a Sarmiento como presidente comenzó a tejerse lo que, años más tarde, sería la alianza entre el partido nacional del interior, vale decir la Liga de Gobernadores, y el partido autonomista de Alsina. Esta alianza dirigida, entre otras intenciones, a separar a Mitre de una segunda presidencia, fue la que sustentó la formación del Partido Autonomista Nacional (PAN), que cimentaba la alianza de los terratenientes de Buenos Aires con grupos de terratenientes y comerciantes del interior. Alsina fue ministro de Guerra y Marina del presidente Nicolás Avellaneda, que había sucedido a Sarmiento en 1874 y que gobernó hasta el fin de su mandato en 1880 con dos acontecimientos medulares: la conquista del desierto en 1879, por Julio A. Roca, y la federalización de Buenos Aires en 1880.

Generalmente, cuando se habla del problema del desierto, se contrapone la política de Alsina con la política de Roca. Mientras el primero sería heredero de la política de fortines que se remontaba a la época colonial, el segundo, en este sentido continuador de Juan Manuel de Rosas, sostenía una política ofensiva, de incursión en profundidad en territorio indígena para resolver definitivamente este problema que se remontaba a la época en que gobernadores y virreyes ejercían el poder en el Río de la Plata. Sin embargo, no seríamos totalmente justos con Alsina si sostuviésemos a ultranza esta interpretación. Alsina incursionó en el desierto y trasladó la línea de fortines; su objetivo era ir colonizando las tierras que se le arrebataban al indígena, no dejar tras la línea de fronteras territorios vacíos sino territorios colonizados y poblados, aunque la colonización de la que hablaba Alsina era fundamentalmente una colonización ganadera. Es que uno de los factores que potenciaron la expansión de la frontera fue el sobrepastoreo de las tierras pampeanas. Se necesitaban nuevas tierras para alimentar una cantidad creciente de ganados vacunos y ovinos. A un mismo tiempo el desarrollo del ferrocarril y del telégrafo facilitaban las comunicaciones y los traslados en amplios espacios. El telégrafo, que interconectaba los fortines y a estos con la comandancia en el Ministerio de Guerra y Marina, permitía una rápida circulación de los mensajes en las zonas de frontera y de estas con la capital. Asimismo, Alsina mejoró el avituallamiento de los soldados fortineros proveyéndolos de armas, corazas y otros implementos.

Alsina les arrebató Caruhé a los indígenas, punto estratégicamente ubicado en el llamado “camino de los chilenos”, por donde se trasladaba el ganado robado a las estancias de la Pampa, para comercializarlo luego tras la frontera y en Chile. Es que el problema del desierto en parte fue una lucha entre criollos e indígenas por el control y apropiación del ganado. Los mapuches (araucanos) habían incorporado el caballo a su modo de vida, a sus costumbres, a su dieta y sobre todo a su movilidad en las llanuras de la Pampa. El vacuno era un bien preciado para el comercio trascordillerano.

El nombre de Alsina asociado al desierto nos lleva a mentar la famosa “zanja de Alsina”. Habiendo trasladado la frontera, llevándola a una línea que incluía a Puan, Guaminí, Carhué, Trenque Lauquen e Italó, cabía enlazarla por una zanja que debía extenderse desde Bahía Blanca, al sur de la provincia de Buenos Aires, con el sur de la provincia de Córdoba. La idea de la zanja no era impedir totalmente las incursiones indígenas, anular totalmente la posibilidad de los malones que afectaban a las estancias, sino más bien impedir que el malón en su retirada pudiese llevarse la mayor parte del ganado robado, sobre todo el ganado vacuno.

“El foso-zanja –dice Abad de Santillán– tenía 2 metros de profundidad, 3 de anchura y un parapeto de 1 metro de alto por 4,50 de ancho. En julio de 1877 se habían ejecutado 374 km de foso. La nueva línea de frontera estaba a cargo de seis comandancias con sus fuertes respectivos: Bahía Blanca, 89.000 metros; Carhué, 12.000; Guaminí, 98.000; Trenque Lauquen, 152.000; Italó, 13.000. Se levantaron sobre su línea 109 fortines a una distancia de una legua, más o menos, uno de otro; en algunos casos la distancia era de hasta 4 leguas. Cada fortín se formaba en un terraplén circular, rodeado de un foso, una pequeña habitación y un mangrullo para la observación, todo ello a cargo de un oficial y de ocho a diez soldados que debían realizar descubiertas diariamente a lo largo de la línea” Y continúa: “No obstante todos los inconvenientes y la inseguridad que dejaba la costosa zanja, las operaciones de Alsina dieron un incremento de 16.000 km cuadrados a la explotación ganadera; acortó 186 km la frontera bonaerense que medía 610 km; empujó a los indios más lejos en el desierto; se instalaron al amparo de la conquista lograda cinco pueblos nuevos; se extendió la red telegráfica a las comandancias militares de los pueblos de Guaminí, Carhué y Puán, recién fundados; se abrieron nuevos caminos. Apenas construida la zanja, murió Alsina, y su sucesor, Roca, concibió, no un sistema defensivo, sino una ofensiva de gran alcance, una especie de malón invertido de las tropas nacionales, contra las tolderías indígenas”.

Es así como el problema del desierto que atraviesa gran parte de la historia argentina alcanza a resolverse en 1879. El sobrepastoreo de las tierras pampeanas, la necesidad de nuevas tierras presionaba sobre la línea de fronteras para expandirlas; asimismo la guerra en la que se veía involucrado Chile contra el Perú  vino a facilitar la campaña ofensiva de Roca en el sur pampeano.

Fuentes consultadas
Abad de Santillán, D. Historia Argentina. Tomo III. Buenos Aires, Tipográfica Editora Argentina, 1965.
De Marco, M.A. “Estampa de un caudillo: Adolfo Alsina” en La Nación, 9 de junio de 2005.
Ramírez Juarez, E. La estupenda conquista. Buenos Aires, Plus Ultra, 1968.

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