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 22 de febrero de  2019
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A la gloria y en honor de Buenos Aires

A la gloria y en honor de Buenos Aires

Un 23 de enero, hace 180 años, moría en Montevideo el poeta Juan Cruz Varela. Partidario del proyecto de Rivadavia y opositor al gobierno de Dorrego, en 1829 debió exiliarse en el país vecino. Allí escribió dos de sus principales obras: La muerte del poeta y Al 25 de Mayo de 1838.

“Eran las 8 de la noche del día 23, el hielo de la muerte se había apoderado de sus extremidades: ya la brisa fría del sepulcro soplaba sobre su cráneo. Eran las 10 de la noche y una mitad de la luna caía con tristeza en el horizonte, a tiempo que sus párpados caían también para siempre. Los dos astros se pusieron a un tiempo, y el cielo de la patria echó menos, de un golpe, dos hermosuras de su esfera...”. Así describió Juan Bautista Alberdi la muerte del poeta Juan Cruz Varela, ocurrida en Montevideo, de la que el 23 de este mes se cumplen 180 años.

Había nacido en Buenos Aires el 17 de noviembre de 1794. Fueron sus padres el español Jacobo Adrián Varela, un próspero comerciante que durante las Invasiones Inglesas resultó herido combatiendo al frente de una compañía del Tercio de Gallegos, y María Encarnación Sanginés.

Aprendió las primeras letras con su padre y estudió después humanidades y filosofía en el Colegio de San Carlos, de Buenos Aires. A Juan María Gutiérrez, autor del trabajo más importante sobre la vida y obra de Varela, no le era “fácil explicarse cómo un hombre tan sensato como el padre de don Juan Cruz, conociendo el carácter de su hijo, pudo concebir la idea de dedicarle a la carrera eclesiástica”, pero lo cierto es que el joven “pasó del Colegio de San Carlos de Buenos Aires al de Monserrat, de Córdoba, permaneciendo allí enclaustrado hasta que se graduó en Teología y Cánones el 17 de noviembre de 1816”.

Allí participó activamente en lo que entonces se denominaba motín y hoy llamaríamos toma, que el rector obligó a levantar recurriendo a la fuerza pública. El relato de Gutiérrez es elocuente: “(…) las multitudes se agolparon curiosas a los alrededores del edificio, hacia el cual caminaban agentes de policía, encabezados por un juez de la Santa Hermandad y con escribanos encargados de extender el auto cabeza del proceso que debía levantarse”. 

En Córdoba escribió Varela el poema La Elvira, considerado como el mejor de su producción en lo que al género amatorio se refiere, en el que por otra parte no obtuvo resultados demasiado felices: en ese aspecto, Gutiérrez no vacila en calificar al joven poeta de “frío, amanerado, tímido”. No obstante, reconoce en el referido poema “muchos rasgos de verdadero sentimiento y de naturalidad”, como lo demuestra esta delicada estrofa: “Así es que había mi beldad salido / con el blando cabello destrenzado, / por la frente en dos partes dividido, / sin cuidado y con gracia abandonado. / Un pañuelo finísimo tendido / sobre el pecho turgente cual nevado, / orgulloso a momentos le mostraba / y celoso a momentos le ocultaba”.                                      

En mayo de 1818 Juan Cruz, que había regresado a Buenos Aires a fines de 1816, asistió a los homenajes a San Martín, quien después del triunfo de Maipú había llegado a la capital para reunirse con el director supremo, Juan Martín de Pueyrredón. Los más importantes poetas de la época, Vicente López y Planes y Esteban de Luca, dedicaron al prócer y a su gesta fastuosos versos; Varela se sumó con una oda, Al triunfo de nuestras armas en los llanos del río Maipo, y un canto, En elogio de los señores generales D. José de San Martín y D. Antonio González Balcarce, que marcan su iniciación en la poesía patriótica y, en opinión del autor, son “las que necesitan más indulgencia” de entre sus composiciones. Sin embargo, deslumbraron a Pueyrredón, quien ofreció al joven poeta un cargo en la Secretaría de Guerra a cargo de Bernardino Rivadavia.

Un mes más tarde, el 20 de junio de 1818, murió su padre. El dolor, aún no mitigado por el tiempo, se muestra en toda su desnudez en A un amigo, en la muerte de su padre, uno de sus poemas más humanos y sinceramente efusivos, escrito dos años después: “(…) Tuve padre, / y le perdí cual tú. ¡Cómo le amaba! / Esta ternura que en el pecho anido; / este anhelar el bien; el dulce llanto, / que vierto siempre sobre el mal ajeno; / esta tendencia á amar; dado fue todo, / Todo dado por él. Yo de su labio / cuando el endeble pie movía apenas, / las lecciones del bien ya recibía”.

Exactamente dos años después, cuando aún resonaban los cantos de alabanza a San Martín, los poetas porteños debieron elevar el lamento fúnebre por Belgrano. La elegía de Varela, si bien algo recargada, alcanza a reflejar la desesperación por la muerte de una figura tan noble “en el periodo más crítico del desgraciado año 820”, como señaló años más tarde el autor, quien remarcó que “los mejores y más decididos patriotas desesperaban entonces de la salvación del país”. (“Faltas, Belgrano, faltas: y a la tierra / que defendió tu espada / todo lo que en tu túmulo se encierra, / ¿quién podrá ya volver? Abandonada / la Patria al desconsuelo, / la copa apura del furor del cielo. // El valor, la virtud, ya sin modelo, / no más serán seguidos; / que el tesón incansable, el noble celo / en llenar los deberes distinguidos / y en cubrirse de gloria, / ya no es más que un tributo a tu memoria. //  Por esto llora la Virtud; y hoy día, / que campos y ciudades, / por la furia brutal de la anarquía, / son teatro de sangre y de maldades, / la Patria sin consuelo / su doliente clamor levanta al cielo”.)

El 13 de octubre de 1820, Martín Rodríguez asumió la gobernación de Buenos Aires. Tres días después, escribió Varela a un amigo: “Se me ha dado la plaza de primer oficial en la Secretaría de Gobierno: en otras circunstancias y con otro hombre a la cabeza de los negocios, no la hubiera admitido”. 

Como se sabe, el titular de esa Secretaría era Rivadavia y, en palabras de Gutiérrez, “don Juan C. Varela abrazó las ideas de reforma emprendidas por el ilustre ministro del general Rodríguez (…) prestándole las armas certeras de su talento”.

Entre 1822 y 1823 escribió una serie de poemas “en honor de Buenos Aires”, pues “su propiedad y su gloria eran entonces grandes; y no puede recordarse aquella época sin que el patriotismo se conmueva”, como refirió años después. Son algunos de esos títulos La gloria de Buenos Aires, En honor de Buenos Aires, Al bello sexo de Buenos Aires y Profecía de la grandeza de Buenos Aires.

A favor de la Reforma Eclesiástica, “sabiamente ejecutada en Buenos Aires por el gobierno” (y que, dicho sea de paso, se está empezando a reivindicar), compuso su poderosa invectiva La superstición, en la que Gutiérrez vio “la semilla del himno que consagra a la inviolabilidad de la conciencia el artículo 14 de nuestra Carta Fundamental”. (“¡Oh vil superstición! Funesta plaga / de la afligida tierra, / más terrible mil veces, / y más asoladora que la guerra “[…] / En todo  tiempo la maldad triunfante / bajo doloso velo, / ha cubierto de crímenes el suelo / y tú les diste de virtud el nombre. / En todo tiempo el hombre / supersticioso, débil, engañado,/      oráculos falaces ha escuchado / que la mentira por verdad vendieron / y al universo en su interés dijeron: / ‘Oye, cree, y enmudece; / el cielo te lo manda, y obedece’”).

Decidido partidario del proyecto de Rivadavia, Varela fue uno de los secretarios del Congreso que sancionó la Constitución de 1826 y, a la renuncia de aquel a la presidencia, se contó entre los opositores al gobierno de Manuel Dorrego. En noviembre de ese año, mientras asistía a una tertulia del Café de la Victoria, el poeta fue agredido en pleno día por una patota de unos veinte individuos armados; la intervención de los otros parroquianos impidió que resultara herido, pero fue llevado a prisión, donde permaneció varios días.

Así las cosas, es preciso mencionar su compromiso con el movimiento del 1° de diciembre de 1828, que desembocó en la destitución y el posterior fusilamiento de Dorrego.   

Bien caro lo pagó el poeta: el 12 de agosto de 1829, en compañía de su mujer y sus dos hijas, partió al exilio; como otros unitarios, se estableció en Montevideo. “Mezclado muy temprano en la política, sin haber estado en mi mano evitarlo, han pasado catorce años de mi vida entre las agitaciones de la Revolución, y actualmente soy una de sus víctimas. Desterrado de la querida Buenos Aires, he hallado un asilo en Montevideo, y las musas me consuelan”, escribió en 1831.

Sin embargo, su permanencia allí no resultó fecunda en lo que a producción poética se refiere; claro que, como observó Walter Muschg, a veces el destierro es el ardid de que se vale el destino para que la gran obra de arte pueda llegar a madurar. Porque durante el destierro Varela escribió dos de sus obras más significativas: en una, La muerte del poeta, presiente la proximidad de su propio fin, lo acepta con entereza y reflexiona serenamente sobre él: “Iré a presencia de mi juez severo / sin ese miedo que al impío turba; / que por mi causa no corrió en la tierra / lágrima alguna”.

La otra, Al 25 de Mayo de 1838, escrita meses antes de morir, es una vehemente diatriba, no exenta de autocrítica, contra la figura y el gobierno de Rosas: “A fuer de cobarde y aleve asesino / espiaba el momento que al pueblo argentino / postrado dejara discordia civil // y al verle vencido por su propia fuerza, / le asalta, le oprime, le burla y se esfuerza / en que arrastre esclavo cadena servil. / ¡Oh Dios! no supimos vivir como hermanos, / de la dulce patria nuestras mismas manos / las tiernas entrañas osaron romper: // (…) // ¿Y tú, Buenos Aires, antes vencedora, / humillada sufres que sirvan ahora / todos tus trofeos de alfombra a su pie?”.

Evidentemente, aquí encontró José Mármol inspiración para su célebre A Rosas, el 25 de Mayo de 1843; y quiso la crueldad de la historia que dos de los mejores poemas argentinos del siglo XIX, que así consideramos a ambas obras, no fueran cantos a la vida y al amor sino encendidas invectivas contra un mismo régimen sangriento. 

Al 25 de Mayo de 1838 fue, en palabras de Gutiérrez, “el elocuente y patriótico adiós dado al inundo por la musa lírica de Varela, al sentirse vencido por la dolencia. Cumpliose el más ardiente de sus votos: morir con la mano trémula sobre las cuerdas de su lira”.

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