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 21 de abril de  2018
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A cien años de Octubre

A cien años de Octubre

Hoy se cumple nada menos que un centenario del suceso que cambió como pocos la historia de la humanidad. Se trata de la primera revolución socialista, que se inició en Rusia el 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre según el calendario juliano vigente entonces en ese país), cuando los bolcheviques tomaron el poder en Petrogrado e inauguraron la primera experiencia de un Estado de obreros y campesinos.

Después de la revolución de febrero de 1917, se constituye la dualidad del poder: por un lado, el gobierno provisional, que representaba los intereses de la burguesía; por el otro, los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, que representaban el germen de la dictadura del proletariado. La lucha entre ambos poderes llegaría a su punto culminante con la revolución proletaria de octubre de 1917.

En el mes de julio se había producido una sublevación espontánea de los obreros y soldados de Petrogrado. La situación de los bolcheviques era extremadamente difícil. Por un lado, incentivaban a las masas con la consigna de “todo el poder a los soviets” y, por el otro, debían contenerlas evitando una insurrección prematura que a lo sumo diera origen a una “comuna de Petrogrado”, que hubiera sido reprimida por el gobierno provisional apoyándose en las provincias y en el frente. El levantamiento espontáneo se fue diluyendo, la contrarrevolución pasó a la ofensiva, las imprentas bolcheviques fueron saqueadas, sus periódicos, como Pravda, prohibidos. Lenin tuvo que pasar a la clandestinidad, Trotsky y otros dirigentes bolcheviques fueron arrestados.

Tras los sucesos de julio, Lenin orientó al partido hacia la toma del poder mediante una insurrección armada. Retiró la consigna de “todo el poder a los soviets”, ya que estos, dada su dirección pequeñoburguesa de socialistas revolucionarios o eseristas (de las iniciales de su partido: SR), y de mencheviques, habían rechazado el poder que las masas les ofrecían y no quisieron derrocar al gobierno provisional.

La burguesía, envalentonada, quiso instaurar una dictadura militar, por medio de un golpe de Estado encabezado por el general Kornilov, que se puso al frente de la “división salvaje” formada en gran parte por cosacos. No fue el gobierno de Kerensky el que derrotó al golpe de Estado, fueron los obreros, marinos y soldados revolucionarios de Petrogrado, dirigidos por los bolcheviques, los que desbarataron la intentona golpista de la burguesía. Se originó una nueva situación política. Los soviets de Petrogrado, Moscú, Kiev, Odesa y otras ciudades arrojaron mayoría bolchevique. Trotsky se convirtió en el presidente del soviet de obreros y soldados de Petrogrado. Lenin hizo restablecer la consigna de “todo el poder a los soviets”, solo que ahora por medio de una insurrección armada y no a través de una “revolución pacífica” como había sido pensada después de la revolución de febrero y antes de los sucesos de julio.

En los meses de septiembre y octubre, Lenin escribió, entre otros trabajos, dos obras medulares: El marxismo y la insurrección y ¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?, donde mostraba la teoría de Marx respecto de la insurrección, la necesidad no solo de tomar el poder estatal, sino de destruir el aparato de Estado de la burguesía y de constituir uno nuevo, el de la dictadura de los obreros y campesinos pobres, por medio de los soviets. La insurrección era un arte que debía apoyarse en la clase más avanzada, en el proletariado, y no en un grupo de conspiradores. La misma debía desarrollarse en un momento de ascenso de las luchas del pueblo y debía aprovechar las vacilaciones y contradicciones en el accionar de la burguesía. Los bolcheviques debían tomar el poder, organizar un nuevo aparato estatal, apropiarse inmediatamente de los bancos y establecer el control obrero de la producción y distribución social.

La burguesía, en su lucha contra la revolución, a fin de debilitar a los obreros y acabar con los soviets y los comités de fábrica, se lanzó al cierre de fábricas y otras empresas, es decir, llevó adelante un lock out patronal; para suprimir a los soviets de soldados, buscó restablecer la disciplina de los oficiales en el ejército por medio del restablecimiento de la pena de muerte en las formaciones militares e incluso de provocar la derrota en el frente, la apertura de este al ejército alemán y la ocupación de Petrogrado para acabar con la ciudad revolucionaria; para desembarazarse de las reivindicaciones campesinas de la tierra, buscó desarticular a los soviets y comités campesinos.

Las consignas bolcheviques eran claras y comprensibles para el conjunto de las masas: Paz, Pan y Tierra. La paz para poner fin a la guerra imperialista, el pan para acabar con el desabastecimiento provocado por la burguesía, la tierra para satisfacer las reivindicaciones campesinas, culminar con la revolución democrático-burguesa y transitar a la revolución socialista.

En los meses de septiembre y octubre, se produjo en Rusia una sublevación campesina. Lenin señaló que el levantamiento de los campesinos en un país formado mayoritariamente por ellos era el ejemplo más contundente del fracaso de la burguesía. Para Trotsky, en la revolución rusa se interrelacionaron un movimiento típico del ocaso de la burguesía, como la insurrección proletaria, y otro movimiento propio del nacimiento de la sociedad burguesa, como la guerra campesina.

Lenin tuvo que luchar en el seno de su propio partido para que este aprobase la insurrección armada. En efecto, había bolcheviques, como Kamenev y Zinoviev, que no confiaban en la fuerza del proletariado y se oponían a la insurrección. Lenin amenazó al comité central con su renuncia para recuperar su libertad de acción y de agitación en las bases del partido, para que aquel finalmente se aviniese a aprobar la insurrección. Esta debía desarrollarse antes del II Congreso de los soviets de diputados obreros y soldados. Recordaba John Reed: “Lenin había dicho: El 6 de noviembre sería demasiado pronto. Es necesario que la insurrección se apoye en toda Rusia. Ahora bien, el 6 no habrán llegado aún todos los delegados al Congreso. Por otra parte, el 8 de noviembre sería demasiado tarde. En esa fecha estará organizado el Congreso y es difícil para una gran asamblea constituida tomar medidas rápidas y decisivas. Es el 7 cuando debemos proceder, o sea, el día de la apertura del Congreso, a fin de poderle decir: ‘Aquí está el poder. ¿Qué vas a hacer con él?’”.

La insurrección organizada por Lenin a través del Comité Militar Revolucionario condujo a la guardia roja (obreros armados), a los soldados de la guarnición revolucionaria de Petrogrado y a los marinos de la base naval de Krondstat a apoderarse de las centrales de teléfonos y de telégrafos, de los bancos, de los puentes que intercomunicaban el centro de la ciudad con los barrios obreros y, finalmente, del Palacio de Invierno, sede del gobierno provisional. Así cayó el poder de la burguesía y se abría paso la revolución socialista.

Así evoca John Reed el comienzo de aquella jornada histórica: “Eran las ocho y cuarenta exactamente cuando una tempestad de aclamaciones anunció la entrada del Buró, con Lenin, el gran Lenin. Era hombre de baja estatura, fornido, la gran cabeza redonda y calva unida en los hombros, ojos pequeños, nariz roma, boca grande y generosa, el mentón pesado. Estaba completamente afeitado, pero ya su barba, tan conocida antaño, y que ahora sería eterna, comenzaba a erizar sus facciones. Su chaqueta estaba raída, los pantalones eran demasiado largos para él. Aunque no se prestaba mucho, físicamente, para ser el ídolo de las multitudes, fue querido y venerado como pocos jefes en el curso de la historia. Un extraño jefe popular, que lo era solamente por la potencia del espíritu. Sin brillo, sin humor, intransigente y frío, sin ninguna particularidad pintoresca, pero con el poder de explicar ideas profundas en términos sencillos, de analizar concretamente las situaciones, y dueño de la mayor audacia intelectual (…) Lenin se puso en pie. Manteniéndose en el borde de la tribuna, paseó sobre los asistentes sus ojillos semicerrados, aparentemente insensible a la inmensa ovación, que se prolongó durante varios minutos. Cuando esta hubo terminado, dijo simplemente: ‘Ahora procederemos a la edificación del orden socialista’”.

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