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 23 de enero de  2019
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A 200 años de la Batalla de Maipú

A 200 años de la Batalla de Maipú

El 5 de abril de 1818, San Martín, al frente del ejército emancipador, libró la batalla de Maipú en las afueras de Santiago de Chile. Fue el gran triunfo sanmartiniano que consolidó la independencia de Chile y sentó las bases para la independencia y libertad del Perú.

El espacio geográfico en que se desarrolló la batalla de Maipú, de la que se cumplen hoy doscientos años, es una llanura limitada al este por el río Mapocho, al norte por una serranía, al sur por el Maipo, mientras en el oeste se levantan unas lomadas. “Maipú (o Maipo) –señala  Ricardo Rojas– quiere decir ‘la tierra nativa’ en la lengua de Lautaro, y el sol de Maipú en aquel bello día era realmente el sol de América, el sol de la patria. San Martín, hijo del sol, bien lo sabía, cuando invocó a ese padre por testigo de la presentida victoria que salvaría la emancipación no ya de Chile, sino de todo el continente”.

Trazaremos el temple moral y la dimensión estratégica y militar del general José de San Martín a través de sus propias palabras, tal como quedaron registradas en diversas fuentes (testimonios de época) y bibliografía.

Veamos su preocupación por concientizar a la tropa para que el soldado tuviese plena conciencia de la importancia de la batalla que iba a librar: “Cada soldado para batirse llevará cien tiros y diez piedras, la mitad consigo, la otra mitad detrás de su respectivo cuerpo. Antes de entrar en batalla se le dará una ración de vino o aguardiente, prefiriendo lo primero. Los jefes peroraran con denuedo a la tropa antes de entrar en batalla, imponiendo pena de vida al que se separe de su fila, sea al avanzar o al retirarse. Se les dirá a los soldados de un modo claro y terminante por sus jefes que si algún cuerpo se retira es porque el general en jefe lo ha mandado así por astucia. (…) Cuando se levanten en donde se halle el general en jefe tres banderas a un mismo tiempo, a saber: la tricolor de Chile, la bicolor de Buenos Aires y una encarnada, gritarán todas las tropas: ¡Viva la Patria! Y en seguida cada cuerpo cargará al arma blanca al enemigo que tenga al frente. Lo perseguirá con calor luego que esté rota la línea enemiga y al toque de llamada, todos estarán en línea. Los jefes del estado mayor deben estar persuadidos de que esta batalla va a decidir la suerte de toda América y que es preferible una muerte honrosa en el campo del honor a sufrirla a mano de nuestros enemigos. Yo estoy seguro de la victoria con la ayuda de los jefes del ejército a los que encargo tengan presentes estas observaciones”.

Es sabido que en el ejército libertador prestaron servicios oficiales de los ejércitos de la Francia napoleónica, que pasaron a revistar en América tras la derrota de Napoleón. Uno de ellos fue Brayer, quien, poco antes de comenzar la batalla, se acercó a San Martín para que este lo autorizase a retirarse de la acción por sentirse enfermo. “Necesitaría una licencia para pasar a los baños de Colina, pues me siento enfermo”, expresó el soldado. A lo que San Martín respondió: “Con la misma licencia con que usted se retiró de Talca, podría pasar a los baños. Dentro de media hora vamos a decidir la suerte de Chile; podría usted quedarse si sus males se lo permiten”. Brayer insistió: “No estoy en estado de quedarme, porque mi vieja herida de la pierna me lo impide”. Indignado, San Martín repuso: “El último tambor del ejército tiene más honor que usted, señor general”. Y agregó, dirigiéndose a Balcarce: “Haga saber al ejército que el señor general de veinte años de combate queda suspenso en su empleo por indigno de obtenerlo”.

Al observar desde la Loma Blanca la forma en que se disponían las fuerzas de los realistas para entrar en combate, San Martín dijo: “¡Qué brutos son estos godos! Osorio es más torpe de lo que yo pensaba. ¡El triunfo de este día es nuestro! ¡El sol por testigo!”.

Bernardo O’ Higgins, herido en Cancha Rayada, no iba a participar de la batalla de Maipú pero, al creer que la situación era comprometida para las fuerzas patriotas, resolvió presentarse herido en el campo de batalla. Llegó cuando esta prácticamente ya había concluido. Ambos libertadores se estrecharon en un abrazo. O’Higgins exclamó: “Gloria al salvador de Chile”, y San Martín le contestó: “General, Chile no olvidará jamás su sacrificio presentándose en el campo de batalla con su gloriosa herida abierta”. En cuanto a la proyección simbólica de este abrazo, reseña Ricardo Rojas: “Aquella escena ha sido fijada en el lienzo por el artista Subercasseaux, como otros han pintado a San Martín en la hora de otras grandes batallas, y en encuentros como el de Guayaquil, igualmente gloriosos en su vida”.

Desde el punto de vista de la historia militar, del análisis de las batallas desde las concepciones estratégicas de sus generales en jefe, se ha señalado que el triunfo sanmartiniano se debió al uso del orden oblicuo en el enfrentamiento. Al leer el parte de batalla, el general Las Heras le dijo a San Martín: “General: esto que usted dice aquí, que nuestra línea se inclinaba sobre la derecha del enemigo, presentando un orden oblicuo sobre ese flanco, fue, como usted sabe, todo el mérito de la victoria; y puesto así como usted lo pone nadie lo va a entender”. Contestó San Martín: “Con eso basta y sobra. Si digo algo más, han de gritar por ahí que quiero compararme con Epaminondas o con Bonaparte. ¡Al grano, Las Heras, al grano! ¡Hemos amolado a los godos y vamos al Perú! ¿El orden oblicuo nos salió bien? Pues adelante, aunque nadie sepa lo que fue. Mejor es que no lo sepan, pues aún habrá muchos que no nos perdonarán haber vencido”.

Bueno es recordar la evaluación que Bartolomé Mitre hace de la batalla de Maipú: “Los trofeos de esta jornada fueron: 12 cañones, 4 banderas, 1.000 muertos contrarios: 1 general, 4 coroneles, 7 tenientes coroneles, 150 oficiales y 2.200 prisioneros de tropa: 3.850 fusiles, 1.200 tercerolas, la caja militar, el equipo y las municiones del ejército vencido. Esta victoria, la más reñida de la guerra de la independencia sudamericana, fue comprada por los independientes a costa de más de 1.000 hombres entre muertos y heridos, pagando el mayor tributo los libertos negros de Cuyo, de los cuales quedó más de la mitad en el campo. Más que por sus trofeos, Maipú fue la primer gran batalla americana, histórica y científicamente considerada (…) Por su importancia trascendental, solo pueden equipararse a la batalla de Maipú la de Boyacá, que fue su consecuencia inmediata, y la de Ayacucho, que fue su consecuencia ulterior y final; pero sin Maipú no habrían tenido lugar Boyacá ni Ayacucho. Vencidos los independientes en Maipú, Chile se pierde para la causa de la emancipación, y con Chile, la revolución argentina, encerrada dentro de sus fronteras amenazadas por dos ejércitos vencedores por sus dos puntos más vulnerables desde entonces inmunes. Sobre todo, sin Chile no se obtendría el dominio naval del Pacífico, la expedición al Bajo Perú se haría imposible, y Bolívar no hubiera podido converger hacia el sur, aun triunfando en el norte de los ejércitos españoles con que luchaba, y de hacerlo, se habría encontrado con 30.000 hombres que le hicieran frente y el mar cerrado. Además, Maipú quebró para siempre el nervio militar del ejército español en América, y llevó al desánimo a todos los que sostenían la causa del Rey desde México hasta el Perú, dando nuevo aliento a los independientes. Chacabuco había sido el desquite de Sipe-Sipe: Maipú fue la precursora de todas las ventajas sucesivas. Tuvo además el mérito de ser ganada por un ejército derrotado e inferior en número, a los quince días de su derrota, ejemplo singular de la historia militar”.

Fuentes consultadas
Mitre, B. Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana. Buenos Aires, Eudeba, 1977.
Rojas, R. El Santo de la Espada. Vida de San Martín. Buenos Aires, Eudeba, 1970.

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