TPL_GK_LANG_MOBILE_MENU

Ba Elige 728x90

Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 26 de abril de  2017

10 de diciembre de 2011

PRESENTACIÓN DE VALENTINA LISITSA EN EL TEATRO COLÓN 

Romanticismo y virtuosismo pianísticos

Por Haydée Breslav

En el concierto de clausura del ciclo Arte y Virtuosismo que organizó este año la Asociación Festivales Musicales de Buenos Aires, se presentó en el Teatro Colón la pianista ucraniana, actualmente residente en Estados Unidos, Valentina Lisitsa, quien ofreció un programa integrado por obras de Chopin y de Liszt.

La primera parte, dedicada al compositor polaco, se inició con la Fantasía en fa menor Op. 49 inspirada, según Alfred Cortot, en un sueño macabro. Con su clima de nocturna melancolía y el noble lirismo que caracteriza a la obra de Chopin, la pieza constituyó una primera aproximación al talento interpretativo de Lisitsa.
Este se desplegó en los Doce estudios Op. 25. Si bien fluye caudalosamente en ellos la exaltada fantasía chopiniana, lo cierto es que fueron concebidos, del mismo modo que los del Op. 10, como ejercicios para desarrollar el virtuosismo; así, plantean al ejecutante una serie de dificultades. Aquí pudimos apreciar las innegables condiciones técnicas de esta joven y mediática intérprete, que le permitieron superar arduos problemas de digitación y de velocidad. Advertimos sin embargo que en algunos pasajes la presteza se impuso a la precisión, así como un excesivo uso del pedal en los fortissimi, a despecho de los conceptos del propio Chopin, que aconsejaba moderación en el empleo de ese mecanismo.

La segunda parte estuvo dedicada a Liszt, muy revalorizado y frecuentado en el año de su bicentenario, y con cuya obra Lisitsa demostró sentirse muy a sus anchas, luciendo su espectacular técnica en esas páginas profusamente ornamentadas.

En primer término acometió la Balada N° 2 en si menor, considerada entre las piezas más significativas del compositor húngaro, a la que siguió una de las numerosísimas paráfrasis prodigadas por el maestro, en este caso sobre Danza sagrada y dúo final de Aída, de Verdi, para abordar a continuación el chispeante y colorido Rondó fantástico sobre un tema español, “El contrabandista”, escrito sobre una canción de Manuel García, y donde Liszt, a tono con el romanticismo francés, reflejó, del mismo modo que otros artistas de su época, una España que acaso nunca haya existido.En todas esas piezas Lisitsa puso de manifiesto su afinidad con el complejo arte pianístico del maestro, pleno de fragosas exigencias, pero también de encandiladores efectos; la intérprete supo vencer holgadamente unas y explotar los otros.
El programa se cerró con la Danza macabra, serie de variaciones sobre el Dies Irae, el terrible himno medieval que tanto atrajo a los músicos del romanticismo, y del que Alejo Carpentier escribió que “resulta un magnífico tango argentino cuando es tocado, en bandoneón, con ritmo porteño”. (Así sería sólo si lo tocara Troilo, acotamos). Resulta extraño que Liszt, que sentía hondas inclinaciones espirituales, se hubiera animado a entreverarle los chisporroteos de su pirotecnia a himno tan severo; acaso quiso con ello conjurar a la muerte.
El hecho es que a Lisitsa le dio oportunidad de exhibir sus vigorosos recursos. Y así lo hizo, echando mano (qué adecuada resulta la expresión) a la panoplia imaginada por el maestro: octavas implacables, arpegios fulgurantes, glisandos enérgicos. Nos preguntamos si Liszt habría tocado así. Se ha considerado al maestro húngaro como el máximo exponente del virtuosismo pianístico; también, a su modo y al de su siglo, supo ser mediático. Sin embargo, ciertas obras entre las que compuso nos hacen pensar que sus interpretaciones fueron diferentes.

Inopinadamente, como queriendo exorcizar a los demonios de la música, el primer número fuera de programa fue el Ave María de Schubert, que rompió el intenso clima tan esforzadamente creado por la ejecución anterior; el segundo, la Rapsodia húngara N° 12, volvió a poner las cosas en su lugar.

Secciones

Nosotros

Contacto