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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 29 de mayo de  2017

13 de diciembre de 2010 

EN EL CENTRO CULTURAL RESURGIMIENTO

Argentores presentó un documental institucional

 

Por Haydée Breslav 

Como parte de las actividades organizadas por la Sociedad General de Autores de la Argentina –Argentores– con motivo de cumplirse este año el centenario de su fundación, se presentó en el Centro Cultural Resurgimiento, ubicado en la calle Artigas 2262, el documental Había una vez un autor, de Mabel Maio.

En la oportunidad habló Plácido Donato, miembro de la nombrada entidad, quien comenzó agradeciendo al coordinador del Centro Cultural, Alberto Cattan, y al ministro de Cultura del Gobierno de la Ciudad, Hernán Lombardi, tras lo cual se refirió a la lucha de los autores por sus derechos y a las circunstancias en que se creó Argentores; después, y acerca del proceso creativo, expresó, entre otras cosas, que “el cesto de basura de un autor es un montón de creatividades”. Por su parte, la realizadora hizo una breve introducción a la exhibición.
Al término de esta, varios espectadores calificaron lo que habían visto como un documental institucional: efectivamente, eso es.
La primera parte cuenta con la participación del joven actor Fernando Casarín, cuya excelente personificación de Florencio Sánchez en su febril ansia por escribir, ayudado por el faso que engrupe el hambre, como decía Julián Centeya, constituye lo mejor del film. En tanto, una voz en off recita textos sobre la vida y obra del autor de Barranca abajo, entre los cuales reconocimos algunos originales de Sánchez junto a otros cuya procedencia confesamos desconocer, y alguna muy famosa frase de Roberto Arlt.
El film incluye testimonios de varios autores asociados a Argentores –como Roberto Cossa, Carlos Gorostiza y Sergio Vainman, por citar a algunos de los más renombrados– ilustrados con secuencias de representaciones de sus obras. Todos ellos abordan distintos aspectos del oficio, y coinciden en la necesidad de defender sus derechos profesionales; muchos, como expresa la gacetilla, hablan de su lucha por hacerlos valer; en este sentido, enumeran las ventajas que ofrece la entidad, y exhortan a los jóvenes a incorporarse a ella. Y no son pocos los que elogian la decisión, por parte del artista creador, de asumir un compromiso con la época (de treinta años atrás, por lo menos, a juzgar por los ejemplos mostrados).   
En este contexto resulta sumamente llamativo que el documental no mencione el firme y activo compromiso militante contraído por Florencio Sánchez con el movimiento anarquista, que le valió despidos, censuras, persecuciones e incluso la cárcel, y que no se limitó a la escritura: no dudó en intervenir en luchas obreras, y un año antes de su muerte participó en Buenos Aires de la movilización del 1° de mayo que, como se sabe, fue ferozmente reprimida por la policía al mando de Ramón Falcón, con el saldo de cinco muertos y varios heridos.
Por otra parte, tampoco se resalta suficientemente la enorme trascendencia de la obra de Sánchez, que mereció ser comparada con la de Eugene O’ Neill.
En otro orden de cosas, el documental pone énfasis en una consigna de Argentores según la cual sin autor no hay obra. Es imposible estar en desacuerdo, pero entendemos que el concepto rige también para otras disciplinas artísticas, y por eso resulta poco comprensible que, al mostrar la emblemática estatua de Sánchez (hito ciudadano que inspiró sendos poemas a Horacio Rega Molina y a Oscar Hermes Villordo), se haya omitido mencionar que es obra de Agustín Riganelli, uno de los más destacados escultores argentinos, quien también adscribió al anarquismo, integró el mítico grupo Artistas del Pueblo y estuvo entre los fundadores de la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos (SAAP).

 

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