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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 25 de julio de  2017

30 de diciembre de 2009

NUESTRO LIBRO DEL MES: LO CELEBRATORIO Y LO FESTIVO: 1810 / 1910 / 2010

En torno a la Revolución de Mayo

Por Vanesa Kandel

Lo celebratorio y lo festivo: 1810 / 1910 / 2010. La construcción de la nación a través de lo ritual es la nueva publicación de la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad de Buenos Aires, organismo dependiente del Gobierno porteño. Participaron en esta obra numerosos especialistas en asuntos relacionados con la historia nacional, quienes abordaron diversas facetas y momentos en torno a la memoria y los festejos de los Mayos aludidos en el título del volumen que, con el número 27, continúa la serie Temas de Patrimonio Cultural.

En vísperas del Bicentenario que nos encontrará a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, como actores y testigos de nuevas celebraciones, creemos que es de particular interés repasar algunos de los ejes estudiados por los autores.
En relación con los primeros festejos patrios, en su trabajo “1810, viejas y nuevas tradiciones: expresiones culturales en transición y la ritualidad patriótica en el proceso de construcción del nosotros”, Leticia Meronese recuerda que el primer año de la Revolución de Mayo “fue festejado e introdujo la novedad del emplazamiento del primer monumento público: La Pirámide de Mayo”. Informa también que fue la Asamblea del año 1813 la que declaró esta fecha como fiesta cívica y que, a partir de entonces, tomó el nombre de “Fiestas Mayas, nombre que mantuvo por décadas”. En cuanto a las características de aquellos primeros festejos en la Buenos Aires de principios del siglo XIX, Meronese cita una investigación anterior de Silvia Sigal, en la cual, recuperando postulados del historiador Halperín Dongui acerca de “la mezcla de lo nuevo con lo viejo”, se destaca la reapropiación del pasado indígena como patrimonio de la nueva identidad criolla nacida del proceso revolucionario. Al respecto, Meronese comenta “una representación en la cual uno de los barrios de la ciudad presenta ocho parejas, cuatro representando a españoles y cuatro a disfrazados de indios emplumados que poco tenían que ver con los pampas o con los guaraníes”.
Sobre los festejos del Centenario que, por supuesto, tuvieron como gran protagonista y anfitriona a Buenos Aires, el trabajo realizado por Lidia González, Sandra Condoleo y Marcos Zangrandi, “El Gobierno de la Ciudad y los festejos del Centenario”, da cuenta de las preocupaciones y los debates que la conmemoración de esa fecha provocó en el ambiente político vernáculo. Citamos algunos ejemplos: “El cementerio de la Recoleta es tema de preocupación entre los miembros del Departamento Ejecutivo y el Concejo Deliberante. A ellos llegan denuncias sobre el estado de las tumbas pertenecientes a los hombres que participaron en las guerras de la Independencia”. Pero la discusión más importante se originó en los preparativos de un baile proyectado “para los visitantes y los vecinos ilustres”, para el cual el intendente Güiraldes pretendía “engalanar la ciudad con luces, cuyo recorrido privilegiaba el sector norte”. La estratificación de la ciudad y el contraste norte-sur, que las medidas del intendente se proponían profundizar, según sus críticos, suscitaron entonces enojos y reclamos: “El alto costo del adorno, que sólo se exhibiría durante diez días, hizo que algunos concejales expusieran las notorias diferencias entre el norte y el sur de la ciudad pero también las que aparecían entre el centro y los barrios”, relatan los autores; y como apoyo citan un tramo del discurso del concejal Canale, quien denunciaba la situación en estos términos: “(...) en el programa confeccionado por el Departamento Ejecutivo se da preferencia a un barrio olvidando a otro: el que se olvida siempre; hablo del barrio sur y del barrio norte. La iluminación en el barrio sur no responde a su importancia”.
Por último, vale mencionar algunas de las reflexiones elaboradas por María Inés Rodríguez Aguilar y Miguel Ruffo (este último, asiduo colaborador de Tras Cartón) en su trabajo “Las memorias de Mayo: la construcción de su repertorio iconográfico”. Sobre la base de un minucioso relevamiento y análisis de obras pictóricas inspiradas en los hechos y los próceres de Mayo guardadas en el Museo Histórico Nacional, los autores concluyen en que la “mayor y más relevante construcción testimonial de la Revolución se produjo hacia la época del Centenario”; antes de este período, recuerdan, “existían escasas imágenes pictóricas de la Revolución de Mayo”. Seguidamente, Rodríguez y Ruffo rememoran el origen del Museo Histórico Nacional y destacan la figura señera de Adolfo P. Carranza, fundador en 1889 del Museo Histórico de la Capital, devenido en Nacional dos años después (mediante decreto del 3/9/91) gracias al empeño del mismo Carranza. “Heredero del afán pedagógico de la Ilustración, el MHN [Museo Histórico Nacional] emergió en tiempos en los que se agitaban los debates acerca de la construcción de la nacionalidad entre cosmopolitas y nacionalistas”, señalan los autores, y subrayan que en ese contexto la misión concebida para el museo consistía en recolectar todos aquellos “recuerdos patrióticos” que pudieran contribuir al propósito de “internalizar en la conciencia social un sistema de valores ideológicos culturales” tendientes a proyectar la Revolución de Mayo como base de la nacionalidad argentina. Acorde con esta visión y desde su lugar de director del museo, Carranza se convirtió “en el comitente de la mayor parte de este repertorio iconográfico”. 

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